El Azul de Prusia no es solo un pigmento bonito. Es historia, química oscura, accidente científico y emoción humana concentrados en un solo color. 🧪 Un descubrimiento accidental… y turbio En 1704, en Berlín, el químico Johann Jacob Diesbach intentaba fabricar un pigmento rojo. Para ello usó potasa contaminada, sin saberlo, con residuos orgánicos animales. Aquella potasa se obtenía al calcinar restos como sangre, huesos o cuero. El resultado fue inesperado: un azul profundo, denso y casi hipnótico. Había nacido el primer pigmento sintético moderno. Así nace la cianotipia (cyanotype). ☠️ La conexión con el cianuro Aquí viene lo inquietante: el Azul de Prusia es ferrocianuro férrico. Sí, contiene cianuro, pero atrapado en una estructura química tan estable que no libera veneno en condiciones normales. La paradoja es brutal: 👉 un pigmento relacionado con el cianuro se usa hoy como antídoto médico para intoxicaciones por cesio y talio. Belleza y veneno, juntos. 🩸 ¿De verdad hubo sangre? No es una leyenda romántica. En el siglo XVIII, muchos reactivos químicos se fabricaban con restos animales. El azul que hoy asociamos al arte nació, literalmente, de materia orgánica en descomposición. Por eso durante décadas fue visto como un color “impuro”, casi alquímico. 🎨 El azul que cambió el arte Antes de él, el azul era carísimo (lapislázuli de Afganistán). El Azul de Prusia era barato, intenso y reproducible, lo que permitió que el azul inundara grabados, lienzos y libros. Katsushika Hokusai lo convirtió en océano y fuerza natural en La gran ola. Vincent van Gogh lo usó para noches agitadas, cielos mentales, estados internos. Pablo Picasso lo transformó en lenguaje del dolor durante su Periodo Azul: pobreza, soledad, tristeza, silencio. 😔 El color de la tristeza Desde el siglo XIX, este azul quedó ligado a la melancolía. No es casual: es un






