Mi primera entrada en el blog, en 2012, ya hablaba de estar a hombros de gigantes.
Bernardo de Chartres habló de nosotros como enanos a hombros de gigantes. Siglos después, Newton lo expresó así:
«Si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes.»
Para mí, esos gigantes fueron mis profesores, las personas de las que aprendí, mi entorno, quienes compartieron conmigo lo que sabían y quienes me ayudaron a mirar un poco más lejos. Como no, la música, mi compositor favorito Vangelis, el cine.
Pero también personajes del pasado, sus historias y sus relatos, sus descubrimientos, sus errores y todas aquellas ideas que consiguieron sobrevivir a quienes las pensaron.
En cierto modo, el conocimiento humano es una conversación que lleva miles de años en marcha.
Y quizá ver más lejos no sea siempre hacer un gran descubrimiento. A veces es simplemente aprender algo más, comprender mejor una idea o hacerse una pregunta que ayer ni siquiera sabíamos formular.
Porque ninguno de nosotros empieza realmente desde cero.
Aprendemos porque alguien aprendió antes. Construimos porque alguien dejó unos cimientos. Descubrimos porque otros hicieron preguntas antes que nosotros.
Y por eso, tantos años después, vuelvo a esa misma idea cuando observo lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial.
Seguimos subiéndonos a hombros de gigantes. Solo que ahora tenemos una herramienta capaz de acercarnos a muchos más de ellos.
La IA puede ayudarnos a aprender, conectar ideas, crear y llegar más lejos.
Pero puede elevarnos; seguimos siendo nosotros quienes decidimos hacia dónde mirar.
¿Están muchos textos hechos con inteligencia artificial?
Puede que sí. Puede que no. Puede que solo una parte.
Pero quizá esa ya no sea la pregunta más interesante.
A mí me importa mucho más de dónde nace la idea, qué intención hay detrás y qué quiere decir quien la expresa.
La perfección de la forma me preocupa cada vez menos.
El concepto sigue estando por encima de la herramienta.
Ahí sigo viendo a la persona.
En 2012 mis gigantes eran mis profesores, mi entorno y todas aquellas personas del pasado de las que podía aprender.
Hoy siguen siéndolo.
La IA no los sustituye.
Simplemente puede ayudarnos a subir un poco más alto.
Y quizá lo verdaderamente importante, siendo positivo, no sea la altura que alcancemos, sino qué seamos capaces de aprender, ver, imaginar y dejar construido para quienes algún día se suban también sobre nuestros hombros.




