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El último viaje del Demeteria.

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6 de Julio.

El Demeteria abandonó el puerto con buen tiempo y la bodega cerrada bajo llave. En el manifiesto de carga no figuraba más descripción que una sola palabra: APRENDE.

El capitán dejó constancia de su extrañeza, aunque el cargamento estaba pagado, sellado y debía llegar a destino. A bordo viajaban médicos, maestros, contables, abogados, mecánicos, dibujantes, periodistas, traductores, programadores y escribientes; hombres y mujeres de oficio, convencidos de que cada uno ocupaba un lugar necesario en aquel barco.

La primera desaparición ocurrió durante la tercera noche. Para mi sorpresa, faltó el bloguero. No hubo gritos ni señales de lucha, y nadie encontró rastro de él. Sin embargo, al amanecer, los libros de navegación estaban completos, redactados con una precisión que todos reconocieron como suya. Dos noches después desapareció el traductor. Aquella misma mañana comenzaron a aparecer documentos escritos en idiomas diversos. Después faltó el contable. Luego el diseñador. Más tarde el abogado. Con cada ausencia, algo nuevo parecía comenzar a funcionar por sí solo.

Pronto nadie quiso acercarse a la bodega. Durante la noche se escuchaban golpes sordos tras los mamparos y, algunas veces, pasos lentos sobre cubierta cuando todos aseguraban estar encerrados en sus camarotes. El capitán ordenó que nadie bajara solo, pero la precaución llegó demasiado tarde. Cada amanecer había una cama vacía y, pese a ello, el Demeteria navegaba mejor que el día anterior. El rumbo se corregía solo, las cuentas aparecían terminadas y los informes estaban escritos antes incluso de que alguien los solicitara. Cuantos menos quedaban, menos parecía necesitarlos el barco.

Los últimos tripulantes comenzaron a dormir juntos en el salón principal. Una madrugada encontraron abierta la puerta de la bodega. Las cerraduras seguían intactas. Dentro, todas las cajas estaban vacías.

Tres días después, el Demeteria fue avistado cerca de la costa. Avanzaba lentamente hacia puerto, con las luces encendidas y las máquinas funcionando. No había señales de lucha. No había cadáveres. No quedaba nadie a bordo.

Sobre la mesa del capitán encontraron el diario de navegación. La última anotación estaba escrita con una letra temblorosa:

“17 de septiembre. Esta noche hemos vuelto a escuchar pasos sobre cubierta. Somos tres. Ninguno ha salido del camarote. Lo peor no es que haya aprendido lo que hacemos. Lo peor es que ya no sabemos para qué nos necesita.”

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