El 2 de julio de 1942, 82 niños y niñas del pequeño pueblo de Lidice, en la entonces Checoslovaquia, fueron arrancados de sus hogares por la Gestapo. Fueron transportados a Łódź y, pocos días después, enviados al campo de exterminio de Chełmno. Ahí, en una muerte silenciosa e injusta, fueron asfixiados en cámaras de gas. Nunca regresaron a casa. Nunca pudieron crecer. Este crimen fue una de las represalias más brutales del nazismo tras el asesinato del alto oficial Reinhard Heydrich. Lidice fue arrasado, sus hombres fusilados, sus mujeres deportadas, sus niños exterminados. No solo querían vengarse. Querían borrar su existencia. Pero su memoria sigue en pie.






