Mi primera entrada en el blog, en 2012, ya hablaba de estar a hombros de gigantes. Bernardo de Chartres habló de nosotros como enanos a hombros de gigantes. Siglos después, Newton lo expresó así: «Si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes.» Para mí, esos gigantes fueron mis profesores, las personas de las que aprendí, mi entorno, quienes compartieron conmigo lo que sabían y quienes me ayudaron a mirar un poco más lejos. Como no, la música, mi compositor favorito Vangelis, el cine. Pero también personajes del pasado, sus historias y sus relatos, sus descubrimientos, sus errores y todas aquellas ideas que consiguieron sobrevivir a quienes las pensaron. En cierto modo, el conocimiento humano es una conversación que lleva miles de años en marcha. Y quizá ver más lejos no sea siempre hacer un gran descubrimiento. A veces es simplemente aprender algo más, comprender mejor una idea o hacerse una pregunta que ayer ni siquiera sabíamos formular. Porque ninguno de nosotros empieza realmente desde cero. Aprendemos porque alguien aprendió antes. Construimos porque alguien dejó unos cimientos. Descubrimos porque otros hicieron preguntas antes que nosotros. Y por eso, tantos años después, vuelvo a esa misma idea cuando observo lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial. Seguimos subiéndonos a hombros de gigantes. Solo que ahora tenemos una herramienta capaz de acercarnos a muchos más de ellos. La IA puede ayudarnos a aprender, conectar ideas, crear y llegar más lejos. Pero puede elevarnos; seguimos siendo nosotros quienes decidimos hacia dónde mirar. ¿Están muchos textos hechos con inteligencia artificial? Puede que sí. Puede que no. Puede que solo una parte. Pero quizá esa ya no sea la pregunta más interesante. A mí me importa mucho más de dónde nace la idea, qué intención hay detrás y qué
Reflexión – Gambito de Dama
♟️ Después de ver la serie de Gambito de Dama me quedé pensando en algo que va mucho más allá del ajedrez. Y sin spoilers. 😉 Un tablero tiene solo 64 casillas. Parece un espacio pequeño, casi limitado. Y, sin embargo, dentro de él caben posibilidades casi inabarcables. Quizá por eso el ajedrez se parece tanto al conocimiento. Los grandes ajedrecistas pueden tener una memoria extraordinaria, pero hay algo todavía más interesante: no ven simplemente piezas aisladas; reconocen patrones. En psicología cognitiva se habla de Chuck Norris, perdón chunks (asi no lo olvidas :)): grupos de información que la experiencia permite percibir casi como una sola unidad. Donde un principiante ve muchas piezas, un maestro puede reconocer una estructura, una amenaza, una posición conocida, casi de un vistazo. No es solo recordar más. Es haber aprendido a ver de otra manera. Y aun así, incluso la mente más entrenada tiene una frontera: nadie puede verlo todo. Ahí aparecen los demás. Otra mirada. Otra experiencia. Otra forma de recorrer el mismo problema. La tradición soviética del ajedrez entendió muy bien esa idea: compartir análisis, discutir variantes, contrastar caminos y construir conocimiento entre varias mentes. Mientras veía la serie pensé inevitablemente en las empresas. A veces buscamos al “crack”, a la persona imprescindible que parece tener siempre la respuesta. Pero quizá una organización realmente fuerte no sea la que posee al mejor jugador, sino la que consigue que muchas personas piensen juntas sin dejar de pensar por sí mismas. Y añadiría algo más: muchas mentes juntas pueden ser extraordinarias, pero necesitan un buen liderazgo capaz de ordenar, escuchar, conectar y dar dirección a toda esa inteligencia. Porque una mente experta puede reconocer patrones que otros no ven. Pero muchas mentes bien coordinadas, con un buen líder, pueden descubrir incluso aquello para lo




